La vida en las ciudades, grandes o pequeñas, siempre ha estado organizada en torno al clima local. En Madrid, el calor del verano invita a la gente a salir hasta tarde, una vez que han bajado las temperaturas. En Estocolmo, los largos y fríos inviernos favorecen una vida más interior, salpicada de momentos de convivencia como la fika, el ritual sueco en torno al café y los pasteles.
En un momento en que el clima global está experimentando cambios rápidos y sin precedentes, cabe preguntarse si estos hábitos se mantendrán inalterados.
La Fondazione Capellino se ha planteado esta pregunta junto a dos grandes ciudades europeas: Florencia y Barcelona.
En ambos casos, el objetivo es experimentar soluciones basadas en la naturaleza para proteger los centros urbanos, a sus habitantes y a la flora y fauna que los habitan de los peores efectos de la crisis climática.
Se trata de un proyecto de investigación que podría resultar útil mucho más allá de las ciudades de Miguel Ángel y Gaudí.
Cómo y por qué se calientan las ciudades
El calentamiento global está ampliamente reconocido por la comunidad científica. En las ciudades, su efecto más inmediato son las olas de calor. Pueden producirse en cualquier lugar, por supuesto, pero en las zonas urbanas son especialmente peligrosas porque se suman al fenómeno de la isla de calor: el hormigón y el asfalto retienen el calor, los motores y los sistemas de aire acondicionado agravan aún más la situación y, sobre todo en las grandes ciudades, las temperaturas son naturalmente varios grados más altas que en las zonas rurales.
Según el último informe del IPCC, el organismo científico de las Naciones Unidas dedicado al clima, en 2050 el 45% de la población urbana mundial estará expuesta a condiciones de calor extremo.
Y los efectos ya se dejan sentir. En París, el verano de 2022 fue el más caluroso jamás registrado, con varias olas de calor y temperaturas locales superiores a los 40 °C. Según datos publicados por las autoridades municipales, en 2080 Nueva York podría tener hasta seis veces más días por encima de los 32 °C que en la actualidad. En Atenas, una de las ciudades más calurosas de Europa, el Atlantic Council estimó en 2022 que la pérdida de productividad debida al calor extremo costó 100 millones de dólares en un solo año.
Demasiada lluvia, muy poca lluvia
Valencia, España. El 29 de octubre de 2024, un fenómeno meteorológico conocido como “gota fría” azotó los cielos de esta ciudad mediterránea, famosa por su arquitectura moderna y sus playas soleadas. En tan solo unas horas cayó tanta lluvia como la que suele acumularse en varios meses y el resultado, agravado por la gestión ineficaz de la emergencia por parte de las autoridades locales, fue catastrófico: 236 personas perdieron la vida, decenas de miles fueron desplazadas y una parte importante de la economía local quedó devastada.
Aunque es imposible demostrarlo con certeza, varios estudios sugieren que este fenómeno meteorológico extremo se vio intensificado por la crisis climática.
El calentamiento global en la ciudad no solo se manifiesta en forma de días de calor sofocante: a veces también lo hace en forma de tormentas.
Una solución llamada adaptación
El hecho de que el clima esté cambiando no significa que las ciudades estén condenadas a convertirse en lugares inhabitables ni que deban desaparecer nuestros hábitos tan queridos. La comunidad científica mundial lleva décadas trabajando en un amplio abanico de soluciones.
En las ciudades, pueden adoptar muchas formas: abrir ríos enterrados, instalar sistemas de alerta temprana, crear refugios climáticos. Pero una de las soluciones más conocidas y eficaces sigue siendo el desarrollo de espacios verdes y la plantación de árboles, que reducen las temperaturas, absorben los contaminantes locales y limitan los riesgos asociados a la erosión y los corrimientos de tierras.
Los proyectos financiados por la Fundación Capellino en Florencia y Barcelona se inscriben en esta dinámica. En estas ciudades del sur de Europa, especialmente calurosas en verano, la Fondazione Capellino apoya proyectos para estudiar y aplicar soluciones a la crisis climática basadas en la naturaleza.
El proyecto de Florencia, lanzado en 2023, reúne al Ayuntamiento, la Universidad de Florencia y el Consejo Nacional de Investigación, con una financiación de 4,5 millones de euros a lo largo de nueve años.
El proyecto catalán, lanzado en 2025, es el primer intento de exportar el modelo desarrollado en Italia. La Fondazione Capellino lo ha diseñado en colaboración con Parcs i Jardins, el organismo público responsable de los espacios verdes urbanos de Barcelona, y el centro público de investigación CREAF.
En ambos casos, el objetivo es estudiar sobre el terreno las mejores soluciones para ayudar a las ciudades a hacer frente al aumento de la temperatura global provocado por la combustión de gas, carbón y petróleo.
En Florencia, por primera vez se está hermanando una zona urbana con una zona natural, la de Giogo-Casaglia, en la región de Mugello.
En Barcelona, se están probando varias especies vegetales en zonas sometidas a distintos niveles de presión ambiental, con el fin de identificar las que resulten más resistentes.
Dos proyectos necesarios
La importancia de estos proyectos es considerable. Hoy en día, la mayor parte de la humanidad vive en ciudades, y preservar la calidad de estos entornos es una prioridad. Iniciativas como las de Barcelona y Florencia demuestran que adaptarse a la crisis climática no significa necesariamente renunciar o hacer grandes sacrificios. Al contrario, hacer las ciudades más seguras también las convierte en lugares más agradables para vivir.
La Fondazione Capellino puede financiar estos proyectos gracias al modelo de la Economía de Reintegración (Reintegration Economy): es propietaria del 100% de la marca de alimentos para perros y gatos Almo Nature, cuyos beneficios se reinvierten íntegramente en proyectos de retribución al planeta, a través de iniciativas de restauración y protección de la biodiversidad o de lucha contra el cambio climático, como aquí.
Así que aún podemos esperar seguir paseando por las ciudades en verano en el futuro. Pero solo si nos comprometemos a protegerlas.