El interés creció aún más cuando se constató un hecho curioso: su trayectoria parecía dirigirse hacia Kunming, la ciudad que debía acoger la COP15, la importante conferencia de la ONU sobre biodiversidad. Por supuesto, se trataba de una coincidencia, pero para muchos adquirió un valor simbólico: la marcha de una especie en peligro hacia el lugar donde en teoría la humanidad debería coordinarse para protegerla.
Existe un viejo debate sobre la conservación de los ecosistemas. Un debate que para la Fundación Capellino, propietaria de la marca Almo Nature y que destina sus beneficios netos a proyectos de protección de la biodiversidad, resulta evidentemente central. Hay quienes confían en el poder de la tecnología, desde los OGM que hacen a las plantas más resistentes hasta la geoingeniería destinada a frenar el cambio climático. Otros, en cambio, apuestan por técnicas agrícolas alternativas o por programas de recuperación y seguimiento de especies amenazadas.
Los distintos enfoques pueden ser complementarios y no existe una solución única capaz de salvar la biodiversidad. Sin embargo, hay una idea que destaca por su radicalidad: ¿y si simplemente devolviéramos espacio a la naturaleza?
La reflexión no es nueva. Desde el inicio de la era industrial, todo en la humanidad ha ido en aumento: la población, la esperanza de vida, el consumo de recursos, la ocupación del suelo y las emisiones de gases que alteran el clima. Y a medida que la humanidad ha ido ocupando más espacio, a la naturaleza le ha ido quedando cada vez menos. Para hacerse una idea, la tasa actual de extinción de especies es entre cien y mil veces superior a la natural y, según Naciones Unidas, un millón de especies animales y vegetales se encuentran amenazadas.
De ahí la necesidad de devolver espacio a la vida silvestre. Y no se trata solo de un debate teórico, la renaturalización es ya una práctica estudiada y aplicada por la comunidad científica. En 2022 se celebró en Montreal la 15ª Conferencia de la ONU sobre biodiversidad, donde los gobiernos del mundo se comprometieron a proteger el 30 por ciento de la tierra y de los océanos para 2030, en el conocido acuerdo 30x30. Curiosamente, los elefantes de Xishuangbanna “marchaban” simbólicamente hacia esa misma conferencia, aunque finalmente la sede se trasladó de Kunming a Montreal debido a la COVID-19.
Pero ni siquiera estos compromisos, a la vista de los datos, parecen suficientes. En 2016 el debate dio un giro con la publicación de un libro, Half-Earth: Our Planet’s Fight for Life, del biólogo estadounidense Edward O. Wilson. Su propuesta es tan simple como ambiciosa: dedicar la mitad de la superficie del planeta a la vida salvaje. La idea parte de un principio fundamental: la intervención humana más importante puede ser precisamente la no intervención, es decir, devolver a la naturaleza el espacio que le ha sido arrebatado. Según Wilson, los ecosistemas tienden a recuperar su equilibrio cuando se les da la oportunidad de hacerlo.
El libro marcó un punto de inflexión en el debate sobre la biodiversidad y para la Fundación Capellino también un hito. El modelo de Economía de Reintegración consiste en utilizar los beneficios de una empresa privada, en este caso la marca de alimentos para mascotas Almo Nature, para devolver recursos y espacio a la biodiversidad a través de la Fundación Capellino, propietaria al cien por cien de la compañía.
Este modelo ha permitido financiar estudios sobre soluciones frente al cambio climático en Italia y España, proyectos de creación de corredores ecológicos en Alemania, Canadá y Tanzania, planes de recuperación de especies amenazadas, así como iniciativas de agricultura sostenible y apicultura, también en Italia.
Obviamente, los elefantes de Xishuangbanna no podían saberlo, pero se han convertido en un símbolo de la necesidad de adoptar acciones más ambiciosas en defensa de la biodiversidad. Acciones como las que plantea Edward O. Wilson en su obra. La Fundación Capellino no tiene ni los medios ni la legitimidad para decidir destinar la mitad del planeta a la vida salvaje, pero a su escala avanza en esa dirección, apoyando y, en la medida de lo posible, devolviendo espacio a la naturaleza.