No todas las reservas naturales son iguales. Cuando hablamos de espacios protegidos, solemos imaginarlos como lugares donde la naturaleza está a salvo de la intervención humana. Sin embargo, existen diferentes categorías de protección, definidas por la legislación, los acuerdos internacionales y la comunidad científica, y no todas ofrecen el mismo nivel de conservación.
Entre ellas destacan las reservas naturales integrales, las más estrictamente protegidas. En estos espacios, la presencia y las actividades humanas se reducen al mínimo para permitir que los ecosistemas evolucionen de forma natural y que la flora y la fauna recuperen el protagonismo que les corresponde.
Con este objetivo, la Fondazione Capellino, propietaria al 100 % de la marca de alimentación para perros y gatos Almo Nature, destina íntegramente los beneficios netos de la empresa a proyectos de protección de la biodiversidad. Uno de ellos es el corredor ecológico que conecta el Parque Nacional de Val Grande con el Sacro Monte di Ghiffa, en la región italiana del Piamonte.
Este proyecto cobra un valor especial porque se desarrolla junto a la Reserva Natural Integral y Biogenética de Val Grande, uno de los pocos lugares donde la actividad humana está prácticamente ausente. Un espacio concebido para que la naturaleza siga su propio curso y donde la conservación deja de ser solo una intención para convertirse en una realidad.
1. No todas las reservas naturales ofrecen el mismo nivel de protección. Las reservas naturales integrales son las únicas en las que las actividades humanas se reducen prácticamente al mínimo para preservar los ecosistemas en su estado más natural.
2. La Fondazione Capellino cofinancia el corredor ecológico que conecta el Parque Nacional de Val Grande con el Sacro Monte di Ghiffa, en Piamonte. Este recorrido discurre junto a una reserva natural integral, uno de los espacios mejor protegidos para la conservación de la biodiversidad.
3. Iniciativas como esta impulsan una reflexión cada vez más necesaria: devolver parte del territorio a la flora y la fauna silvestres, favoreciendo la recuperación de los ecosistemas y el equilibrio entre las personas y la naturaleza.
La idea de crear espacios naturales donde la actividad humana se limite o incluso desaparezca para proteger los ecosistemas no es nueva. Ya en el siglo XIX, algunas familias nobles europeas comenzaron a convertir antiguos cotos de caza en áreas protegidas. Poco después, en 1872, se creó en Estados Unidos el que se considera el primer parque nacional del mundo: Yellowstone, situado entre los actuales estados de Wyoming, Idaho y Montana.
Sin embargo, no todas las reservas naturales responden al mismo modelo de conservación. En muchas de ellas se permiten determinadas actividades humanas, siempre bajo normas estrictas. El turismo, la práctica de deportes al aire libre, la gestión forestal e incluso, en algunos casos, la residencia o ciertas actividades productivas pueden convivir con la protección del entorno. Aunque estos espacios cuentan con un alto grado de conservación, la intervención humana sigue formando parte de ellos.
Las reservas naturales integrales representan el nivel de protección más elevado. En ellas, la presencia y las actividades humanas se reducen al mínimo imprescindible para que los procesos naturales puedan desarrollarse sin interferencias. Su objetivo es preservar los ecosistemas en su estado más auténtico, permitiendo que la flora, la fauna y los ciclos naturales evolucionen de forma libre.
La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), organización vinculada a las Naciones Unidas, clasifica estos espacios como Categoría I: Reserva Natural Estricta, el máximo nivel de protección. Su objetivo es reducir la intervención humana a su mínima expresión para que los ecosistemas puedan evolucionar de forma completamente natural.
En estas áreas no se permiten actividades como la caza, la pesca, la agricultura, la ganadería, la industria o la construcción. El acceso público también está muy restringido: el turismo, cuando se autoriza, solo puede realizarse bajo condiciones muy específicas, como seguir itinerarios señalizados o ir acompañado de guías especializados. Incluso las actuaciones destinadas a gestionar la vegetación se limitan al máximo, salvo en casos excepcionales. La única actividad que se promueve de forma continuada es la investigación científica.
La idea es limitar casi por completo las actividades humanas.
La Reserva Natural Integral y Biogenética de Val Grande constituye el espacio con mayor nivel de protección del Parque Nacional de Val Grande. En sus 973 hectáreas encuentran refugio especies protegidas, como la gamuza, y conviven una gran variedad de ecosistemas, desde los característicos pastizales alpinos hasta las praderas de montaña. Se trata de un enclave donde la naturaleza puede seguir su propio ritmo, prácticamente sin interferencias humanas.
La Fundación Capellino financia distintos corredores ecológicos, es decir, espacios naturales o restaurados que conectan hábitats separados y facilitan el desplazamiento de la fauna y el intercambio entre ecosistemas. Uno de ellos es el corredor que une el Parque Nacional de Val Grande con el Sacro Monte di Ghiffa, en Piamonte. Si bien todos los corredores ecológicos desempeñan un papel clave para la conservación de la biodiversidad, este tiene una característica especial: conecta también con una reserva natural integral, el nivel más alto de protección ambiental.
En estos espacios, el objetivo es que la biodiversidad, los suelos, los bosques, las aguas, la fauna y los procesos ecológicos puedan evolucionar libremente, sin la intervención constante del ser humano. Se trata de una forma de conservación que no solo protege los ecosistemas actuales, sino que también piensa en su capacidad para mantenerse y desarrollarse a largo plazo.
A partir de la experiencia que ofrecen las reservas naturales integrales ha surgido una corriente de pensamiento que inspira también el trabajo de la Fundación Capellino. Científicos como el biólogo estadounidense Edward O. Wilson defendieron la necesidad de reservar una parte significativa del planeta exclusivamente para la naturaleza, una propuesta respaldada por la investigación científica como respuesta a la pérdida de biodiversidad.
La conocida idea de "Half-Earth" o "La mitad de la Tierra para la naturaleza" plantea precisamente ese objetivo: devolver a la flora y la fauna silvestres una parte suficiente del territorio para garantizar la supervivencia de los ecosistemas. Desde su ámbito de actuación, la Fundación Capellino contribuye a hacer realidad esa visión mediante proyectos como el corredor ecológico de Val Grande, convencida de que proteger la naturaleza también significa devolverle el espacio que le corresponde.