En las colinas del Monferrato, una granja experimental demuestra que producir alimentos y proteger la biodiversidad no son objetivos incompatibles. Pero aún queda mucho camino por recorrer, sobre todo porque no existen fórmulas prefabricadas ni soluciones únicas.
Las colinas del Monferrato, en el Piamonte, forman un paisaje de gran belleza y están reconocidas como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Sin embargo, bajo esa imagen idílica, el suelo arrastra las huellas de décadas de agricultura intensiva.
Y este no es un caso aislado. El modelo agrícola extensivo de la segunda mitad del siglo XX, surgido con la llamada Revolución Verde, muestra hoy claramente sus límites. Sus consecuencias se reflejan en el empobrecimiento del suelo y en la pérdida de biodiversidad, entre otros efectos. Sin embargo, las técnicas alternativas aún tienen dificultades para consolidarse en un mercado dominado por el modelo tradicional.
Por eso, la Fundación Capellino ha decidido apostar por el proyecto Regenerating Villa Fortuna (RVF), una granja que va más allá de lo ecológico y que funciona como un laboratorio vivo donde se explora la idea de que es posible producir alimentos sin destruir la vida que los hace posibles.
Un trabajo todavía incipiente y no exento de dificultades, pero precisamente por ello especialmente relevante.
El modelo agrícola de la segunda mitad del siglo XX trataba la tierra como una superficie a dominar: fertilizantes sintéticos, pesticidas y monocultivos extensivos. Un sistema que multiplicaba los rendimientos, pero que al mismo tiempo contaminaba el aire y las aguas subterráneas, y provocaba la desaparición local de cientos de especies.
RVF, en cambio, entiende el campo como un ecosistema complejo que debe restaurarse y protegerse. Hasta el punto de que, de las 22 hectáreas de la finca, solo 7 se destinan a la producción, mientras que las otras 15 han sido devueltas al bosque y a la fauna, con prohibición total de caza y de acceso humano en 12 hectáreas.
Se trata de agricultura biodiversa, una variante de la agricultura regenerativa que integra la biodiversidad dentro del propio sistema agrícola. Huertos en agroforestería, viñedos ecológicos experimentales, suelos fertilizados con compost de producción propia y lombrices de tierra en lugar de productos químicos de síntesis: el objetivo es producir de forma limpia, demostrando que la biodiversidad no es un elemento ajeno, sino la reserva de fertilidad más antigua que existe.
Una opción que, a ojos de muchos, podría parecer económicamente irracional.
Pero ni siquiera el modelo agrícola dominante existe en el vacío: durante décadas, la agricultura europea, por ejemplo, se ha beneficiado de importantes ayudas públicas a través de la Política Agrícola Común. Precisamente porque esos recursos son de todos, la pregunta que debemos hacernos es qué tipo de agricultura queremos apoyar y qué sistema genera el mayor beneficio colectivo a cambio de esa inversión.
Es precisamente en el intento de dar una respuesta científica y contrastada sobre el terreno donde reside el reto de Regenerating Villa Fortuna.
Desde la retención del agua hasta la vitalidad microbiana del suelo, pasando por el equilibrio entre depredadores y parásitos o la resistencia al cambio climático, la palabra clave en RVF es «experimentación».
Una experimentación que, siendo consciente de la variabilidad del microclima y del tipo de suelo, aspira a convertirse en un protocolo replicable, científicamente validado y transferible a otros contextos.
Se trata de una contribución concreta a una pregunta cada vez más urgente: ¿es posible alimentar a casi nueve mil millones de personas sin consumir el planeta que las sostiene?
La respuesta de Villa Fortuna aún no es definitiva. Nadie puede afirmar hoy si un modelo así puede aplicarse a gran escala, ni qué compromisos serían necesarios para hacerlo posible. Pero es precisamente eso lo que el proyecto busca poner a prueba.
La Fundación Capellino no es la primera en intentar experimentar en esta dirección. Sin embargo, el principal cuello de botella suele ser el capital: la experimentación es costosa y ofrece poco o ningún retorno en términos económicos.
En este caso, no obstante, el modelo económico que sustenta las actividades de toda la Fundación entra en juego.
Detrás de RVF está, una vez más, la Reintegration Economy: la Fundación Capellino, propietaria al 100% de Almo Nature, reinvierte íntegramente sus beneficios en su misión, que es la preservación de la biodiversidad.